El café


Esta mañana, tomando mi café, me inspiró una lección que te quiero compartir.

Si vieras una taza de vidrio con un líquido oscuro y humeante, probablemente dirías: «Es café». Y tendrías razón.

Pero, si además dijeras: «Nah, no me gusta el café», quizá estarías cometiendo un error. En serio.

Ahí te voy con mi idea…

Una cosa es haber probado un café. Y otra muy distinta es haber probado el café. Conozco personas que afirman que no les gusta el café, y lo afirman hasta con desdén y cierto dejo de superioridad, por su experiencia. Cuando les pregunto por qué, descubro algo interesantísimo: alguna vez bebieron una taza amarga, quemada o simplemente mala. Y ya. Tomaron una experiencia desagradable y la convirtieron en una sentencia universal. Su muy personal experiencia es la medida universal para calificar el café.

Error.

¡Yo también he bebido cafés horribles! De esos que, naturalmente, al primer sorbo uno lo deja.

Pero soy adicto al café.

Otro café que probe.

Hace unos dos días recibí un café que, cuando llegó, me pareció ridículamente caro. La cajita era tan pequeña que pensé que me habían visto la cara. En fin, lo preparé.

Y entonces ocurrió.

Al acercarme la taza, apareció un aroma que no parecía provenir de un café más, sino de algún recuerdo agradable que yo no sabía que tenía guardado. Había notas a madera intensa y tabaco como de pipa, grano muy tostado con absolutamente nada de acidez, de retrogusto algo parecido al cacao oscuro, un dejo lejano de nueces y una profundidad imposible de describir. Eso percibí al primer sorbo que tomé.

Luego otro.

Y otro más… con los ojos cerrados.

En ayunas, temprano. Ah, sí, porque también todo tiene su biorritmo, hasta un día. El mismo café no te sabe igual con el paladar en ayunas y en silencio que luego de una opípara comida y con ruido por doquier. Para percibir el justo valor de algo, hay que experimentarlo en su mejor momento, tanto de ese algo como el tuyo. Hay que procurar que casen. No se puede en otro.

A momentos, me acordaba de ciertos vinos extraordinarios que los expertos describen con palabras extrañas: amaderados, frutos rojos, cuero antiquísimo, tabaco de taberna, vainilla antigua y especias que incrementan la astringencia. Eso, junto con los años en barrica, siempre me parecieron exageraciones poéticas.

Hasta que aprendí a distinguir.

Descubrí algo incómodo: los expertos no exageraban. Quizá el problema era que yo no conocía aquello de lo que hablaban.

Y entonces deduje algo, creo todavía más interesante: nuestro lenguaje también tiene límites. A veces no podemos describir una experiencia porque jamás la hemos vivido. Nos faltan palabras porque antes nos faltó mundo.

¿Cómo explicar un sabor único que nunca has probado? Y del que te privas por creer que ya lo conoces. ¿Cómo explicar una emoción que nunca habías sentido? ¿Cómo explicar una forma de amar, de trabajar o de vivir que todavía no conoces?

Por eso me inquieta cuando alguien dice: «Nah…ya sé cómo es eso».

¿De verdad?

Dos frascos con polvo blanco pueden verse idénticos a la distancia —y a poca distancia—, y uno contener sal mientras el otro guarda azúcar.

Dos copas de vino pueden parecer iguales y ofrecer experiencias infinitamente distintas. Me consta y no exagero.

Dos cafés pueden compartir color y temperatura y hasta la misma palabra para designarlo, pero siendo bebidas que pertenecen a universos totalmente distintos. Son enteramente otra cosa el uno del otro. Me consta y no exagero.

Quizá uno de los prejuicios más costosos del ser humano sea la arrogante creencia de que ya conoce aquello que apenas ha rozado.

Probamos una versión mediocre de algo y creemos haber conocido todas sus posibilidades. ¡Hazme el favor! Probamos una relación fallida y creemos conocer el amor y tener facultad para enseñar y prevenir al respecto. Probamos un empleo y creemos conocer lo que es trabajar. Probamos un libro y creemos conocer un autor o el tema.

Probamos un café malo y creemos conocer el café.

La vida recompensa con sorpresa a quienes conservan la humildad de seguir probando. Creo que a veces los mayores placeres están escondidos detrás de algo que jurábamos conocer.

Espero que esta breve historia de mi andar te motive a atreverte a probar antes de emitir un juicio y te prives de la experiencia.

Porque podrías estar frente a una experiencia maravillosa, una que nunca has probado, pero que podrás dejar ir por creer que ya sabías de eso.

Ese café que se me había hecho tan caro… ya pedí otra caja y lo pagué con enorme gusto.

—Alejandro Ariza Z.


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¿Antienvejecimiento?

Todos los famosos doctores, celebridades, que hablaban de «antienvejecimiento», todos, están y se ven tan viejitos.

ArizaTip: De verdad, ¡tecnología de lo obvio! No intentes ir en contra de lo normal. Todo lo que tenga que ver con «antienvejecimiento» es como decir «anti-puesta-de-sol» esperando que un día nunca termine. No creas en doctores, ni pastillas, ni cremas, ni nada «antienvejecimiento». Si lo comprendes, hasta te podrás reír del absurdo.

Acepta felizmente lo normal, lo naturalmente esperable, y te sentirás mejor, te verás mejor. Como decía mi muy sabia madre:

«Todas las etapas tienen su belleza».

Raquelito.

Esta sí créetela.

—Alejandro Ariza Z.

¿Descansas?

Hoy en mi consulta en línea:

Paciente: ¡Es que no logro descansar profundamente!

Yo: ¡Es que la condición esencial para vivir esa experiencia es que te cansaras (de forma casi extenuante) por hacer algo!

Sí, qué ironía: al huevón, por lo mismo, le está vedado el verdadero y pleno descanso.

Y si ya estamos hablando de cierto insomnio, tu alimentación está muy involucrada ahí. Consulta a un experto en el tema.

A veces te enfermas por lo que ni te imaginas.

Ya llegó el momento de que te platique algo un tanto cuanto personal. Fíjate que desde hace años yo, al amanecer, no podía respirar bien, ya saliendo de casa, todo mejoraba. Por supuesto que uno, a todo se acostumbra, hasta a sentirse mal y creer que es una “variante normal”. Siempre que amanecía con la nariz tapada, como médico, siempre encontraba una explicación, que por el cambio estacional, por alergía a algunas flores que me regalaban o por que pasaba cerca el gato del vecino. Lo que nunca imaginé es que no fuera por ninguna de esas razones. Luego de años, literalmente años, de haberme sentido mal, apenas hace unos meses por haber empezado a estudiar todo lo relacionado a los “tóxicos domésticos”, me llevé la sorpresa de que lo que no me dejaba respirar es que en mi casa se usaba en la secadora unas toallitas “Downy” para que olieran mejor las prendas al sacarlas de la secadora… ¡y cuál va siendo mi sorpresa al estudiar que esas famosas toallitas tienen ingredientes que son tremendamente alergénicos para muchas personas y que se quedan impregnados en todo lo que metas a la secadora y luego estés oliendo, naturalmente! Mis cornetes se inflamaban por esta respirando las sábanas toda la noche. No te imaginas mi impresión de haber sacado de mi casa ese y otros productos que nunca imaginé tóxicos ¡y puedo respirar ya todas las mañanas! Por más que te platicara, no hay palabras para decirte un cambio tan impactante en mi vida.

Hoy me di a la tarea de investigar más al respecto y me encontré con un artículo publicado por una afamada escritora especializada en el tema, Debra Lynn Dadd, y ¡de inmediato quise compartirlo contigo en una de mis páginas especializadas en el tema! ¡Qué impresión saber de este tema! Uno como médico debería ser el primero en saber de esto…, y en la carrera de Medicina jamás me hablaron del tema, y es mucho más trascendente de lo que imaginamos.

¿Te has sentido con fatiga y no sabes por qué? ¿Tienes dificultad para respirar o alergias? ¿Tus hijos tienen alergias cada rato y los llevas al pediatra con singular frecuencia por lo seguido que enferman? ¿Problemas en piel u ojos? Lógicamente que hay muchas razones para tener signos y síntomas de este tipo, pero en muchos casos, ¡ni te imaginas que el origen de esto esté dentro de tu casa por los productos de limpieza y de aseo personal que toda la vida has comprado! Por eso, sin más, te doy la liga del breve artículo y, si te puedo ayudar con soluciones como las que yo hoy ya tengo en mi casa, no dudes en contactarme. Lee el artículo haciendo clic aquí:

“Por favor, protéjase de los tóxicos domésticos”.

Y para contactarme con respecto a este tema, puedes escribirme haciendo clic aquí.

Saludos y espero de verdad que tu salud mejore poniendo atención, quizá por primera vez, a este delicado e interesante tema.

¡Emoción por Existir… saludablemente!

–Alejandro Ariza.